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Guadalajara, México.

¿Qué pesa más: las habilidades o los valores de un colaborador?

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Esta es una de esas preguntas que parecen sencillas, pero que en realidad no lo son. No existe una respuesta absoluta. Está llena de matices y de zonas grises. Sin embargo, si al final del camino me obligaras a responder con un sí o con un no, creo que terminaría diciendo que los valores pesan más.

Pero cuidado. Eso no significa que las habilidades no sean importantes.

Porque una persona puede ser extraordinariamente noble, honesta y bien intencionada, pero si no es capaz de desempeñar el trabajo para el que fue contratada, tarde o temprano tendremos un problema. Los negocios no sobreviven únicamente de las buenas intenciones, y por el contrario, la vida me ha enseñado que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones.

Con los años también he aprendido que no todas las personas nacen con las mismas capacidades. Hay quien tiene una coordinación fuera de serie. Hay quien aprende casi sin esfuerzo. Hay quien posee una gran capacidad para resolver problemas bajo presión. Y también existen personas que, sencillamente, no fueron dotadas para determinadas tareas.

Hace veinte años yo era mucho más radical. Si alguien no tenía habilidad, la decisión era sencilla: se iba.

Hoy pienso muy distinto.

Con el tiempo terminé entendiendo una idea que suele atribuirse a Einstein: si juzgas a un pez por su capacidad para subir un árbol, vivirá convencido de que es un inútil.

Y eso aplica exactamente igual en una cocina, en un restaurante o en cualquier empresa.

Hoy procuro descubrir primero para qué sí es buena una persona, antes de decidir para qué no sirve.

He conocido colaboradores que jamás podrán llevar el ritmo de una línea de producción, que nunca serán buenos resolviendo problemas o tomando decisiones rápidas. Sin embargo, les das una tarea repetitiva, bien estructurada y con un procedimiento claro, y se convierten en extraordinarios.

He tenido excelentes peladores de papas.

Magníficos lavalozas.

Personas que pueden pasar horas haciendo una misma actividad con un nivel de consistencia admirable.

Entonces la pregunta deja de ser si sirven o no sirven.

La verdadera pregunta es si existe un puesto donde esa persona pueda generar el valor suficiente para justificar su permanencia en el equipo.

Si la respuesta es sí, vale la pena conservarla.

Si ni siquiera en ese puesto alcanza el nivel mínimo de productividad que el negocio necesita, entonces, por más buenos valores que tenga, probablemente haya llegado el momento de separarnos.

Pero existe otro perfil que, para mí, representa un riesgo mucho mayor.

El de las personas muy capaces… pero con malos valores.

Son inteligentes.

Aprenden rápido.

Trabajan bien.

Pero deciden no hacerlo.

Son quienes viven buscando el mínimo esfuerzo, quienes siempre encuentran una excusa, quienes creen que el empresario es el enemigo y quienes trabajan desde el resentimiento en lugar del compromiso.

Y eso termina siendo profundamente contagioso.

Con los años he descubierto que prefiero enseñar una habilidad que intentar cambiar un sistema de valores.

Porque la habilidad puede desarrollarse.

Los valores, en cambio, rara vez cambian dentro de una empresa.

Y, por supuesto, existe ese colaborador que todos buscamos y que pocas veces encontramos.

El unicornio.

La persona que combina buenos valores con una gran capacidad.

Cuando uno tiene la fortuna de encontrar a alguien así, la obligación cambia por completo.

Ya no se trata solamente de supervisarlo.

Hay que desarrollarlo.

Hay que retarlo.

Hay que cuidarlo.

Y, sobre todo, hay que recompensarlo.

No únicamente con un mejor salario, sino con oportunidades reales de crecimiento. Incluso, cuando el proyecto lo permite, me gusta pensar en esquemas donde quien ayuda a construir también participe de los resultados.

Los estadounidenses tienen un concepto que resume esto mejor que cualquier discurso mío: sweat equity. En pocas palabras, significa que quien pone el esfuerzo -el sudor según nos dice esta expresión- para construir el proyecto también merece participar de los beneficios que ese esfuerzo genera.

Al final, si vuelves a hacerme la pregunta, mi respuesta seguirá siendo la misma: sí.

Creo que los valores pesan más que las habilidades.

Pero también creo que toda habilidad debe alcanzar un mínimo indispensable para el puesto que se pretende desempeñar.

El verdadero trabajo de un líder no consiste únicamente en contratar personas.

Consiste en descubrir el potencial que hay detrás de cada una de ellas, encontrar el lugar donde puedan aportar el mayor valor posible y tener la madurez para reconocer cuándo vale la pena desarrollarlas… y cuándo, simplemente, es momento de dejarlas partir.

Porque dirigir personas no es encontrar empleados perfectos.

Es aprender a descubrir el mejor lugar para cada talento.

Y, cuando aparece ese raro equilibrio entre capacidad y valores, hacer todo lo posible para que esa persona nunca quiera irse.

Chef Luis Jiménez-

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